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Marie Curie, la inteligencia, el valor, el método (y lo demás)

Escuché un programa dedicado a Marie Curie. Como solo duraba una hora, se centraron en sus descubrimientos, aunque también contaron algo de su vida.

Y me volví a impresionar muchísimo. Digo “volví” porque ya conocía casi todo, pero -no sé si a vosotras os pasa igual- cuando me entero de una enormidad, si es negativa, me sobresalto y me irrito; si es positiva me entusiasmo. Luego, poco a poco, la “normalizo”. Se va emocionalmente asentando en mi interior. Hasta que otra vez oigo, leo o recuerdo la barbarie o el portento y me vuelvo a indignar o a maravillar.

Marie terminó los estudios secundarios con 15 años y de manera tan brillante (sacaba la nota máxima en todo) que le dieron la Medalla de Oro. Pero ¡ojo! En su país, Polonia, la ley no permitía que las mujeres cometieran la «aberración» de seguir un cursus universitario.

Marie y su hermana siguieron estudiando clandestinamente, pero llegó un momento en el que ambas decidieron venir a Francia, país donde las mujeres sí podían ingresar en la universidad.

Para poder pagarse el viaje, Marie tuvo que trabajar en Polonia durante 8 años. En París, se matriculó en física y química. Y arrasó: fue primera de su promoción. Obtuvo una beca. Se matriculó en Matemáticas, carrera que terminó al año siguiente como segunda de su promoción…

Y, a partir de ahí, aunque dudó mucho si volver a Polonia para hacerse profesora, decidió quedarse en Francia y dedicarse a la investigación. Con los resultados que ya sabemos: descubrimiento de la radioactividad y concretamente del radio y del polonio (que bautizó así en honor a su patria de origen), dos premios Nobel (primera persona del mundo mundial en obtener dos Nobel científicos), primera mujer Medalla Davy, primera mujer profesora de la Sorbona, primera en dirigir un laboratorio universitario (donde, por cierto, lejos de vetar a las mujeres, las animaba), etc…

Marie Curie luchó durante toda su vida contra la misoginia. Cuando llevaba viuda cinco años, inició una apasionada historia de amor con Paul Langevin (que sí estaba casado. De él no cuento nada, aunque os digo de pasada que también me parece una persona extraordinaria). Su relación se hizo pública y la prensa explayó toda su feroz inquina nacionalista y machista. Los titulares decían cosas como: “La polaca que ha venido a romper un buen matrimonio francés”. Sí, tal cual… La culpable ella, claro. Ella que, para mayor horror, no era francesa de nacimiento sino “polaca”…

Ya sabemos que el nacionalismo y el machismo son dos ideologías altamente peligrosas, nefastas y contagiosas. Hasta el punto que hasta el asqueroso ministro de Educación de la época le pidió que regresara a Polonia (digamos de paso que, si Marie Curie viviera ahora, el actual gobierno polaco, meapilas y reaccionario, también la rechazaría, quizá no por adúltera, sino porque Marie estaría a favor del aborto, pues siempre tuvo una mente abierta y progresista).

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Con esa repugnante campaña emponzoñaban Francia cuando se hizo público que le habían concedido otro premio Nobel. Pero -tampoco os lo perdáis- la Academia sueca le pidió que no fuera a recogerlo para evitar el escándalo… Otros que tal… Ella no les hizo caso y fue. Hay que ser valiente ¿eh?
Y es que a Marie Curie la tenemos que admirar (y querer) en todos los aspectos, no solo en el científico…

A mí me encanta saber que, entre el radio y el polonio, sus clases (era una profesora extraordinaria), la educación de sus dos hijas (que también fueron excepcionales) aún le daba la mente y el cuerpo para cultivar la faceta erótico-amorosa y para no arredrarse ante ataques tan violentos y reaccionarios.

Solo una cosa más: a partir de sus descubrimientos, se creó el Instituto del radio (llamado Marie Curie en su honor) que se dedicaba a desarrollar usos prácticos de la radioactividad, los Rayos X, por ejemplo. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Marie Curie se movilizó, junto con otros miembros de Instituto, para construir aparatos pequeños que cupieran en una ambulancia. Así montaron 18 unidades quirúrgicas móviles equipadas con ellos. Estas camionetas se hicieron extremadamente populares (imaginaos lo importante que era poder ver en interior del cuerpo antes de operar…) y la gente las llamaba « les petites Curies ».
Ella misma y su hija mayor (que entonces tenía 15 años) iban en una.

Bueno, digo como decía con Berthe Morisot (solo que, en el caso de Marie Curie multiplicado por cien): no depende de nadie tener una capacidad mental o artística superior a la media, pero de estas mujeres sí tenemos que aprender dos cosas fundamentales:
– Su determinación, energía, valor y empeño.
– Los avances que ha conseguido el feminismo para todas nosotras. Es decir: la lección de optimismo para seguir luchando (y el optimismo es muy necesario en los tiempos que corren).

Dos notas: su laboratorio puede visitarse en París. Es lamentable que aún no haya un buen film sobre ella (subrayo lo de buen).

Vía TribunaFeminista

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Pilar Aguilar

Analista de ficción audiovisual y crítica de cine. Licenciada en Ciencias Cinematográficas y Audiovisuales por la Universidad Denis Diderot de París. Lee el blog de cine de Pilar Aguilar: http://pilaraguilarcine.blogspot.com.es

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