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Hipercomunicación fragmentaria: ¿para qué (y a quién) sirve?

No es infrecuente escuchar a la gente quejándose de que no tiene tiempo y de cómo la vida actual nos empuja a correr como locas sin parar. Te lo dicen mientras no tienen más remedio que soportar unos minutos antes de salir disparadas para algún lado. Y corremos para todo: al trabajo, al mercado, a buscar/llevar hijas a la escuela y demás actividades (porque ellas también deben estar ocupadas todo el tiempo), al gimnasio, a la universidad, a visitar amigas o a donde sea. La vida es corta, la juventud lo es más, el tiempo es dinero, y hay que hacer todo lo más que se pueda, a cualquier precio.

Ese sería el lema tácito de NUESTRA época, capitalista neoliberal, globalizada, atomizada y deshumanizada: lo más que se pueda y a cualquier precio. Y enfatizo el “nuestra” porque creo que es importante que no perdamos de vista que esto que nos toca lo construimos entre todas, desde lo chiquito de la vida cotidiana, sin que ello vaya en desmedro de las luchas que se dan por fuera de ella, si no todo lo contrario. Podría parecer que me equivoqué de lugar para escribir sobre estos temas, pero yo creo que no. Se trata de tecnología (la comunicación humana y los medios técnicos que le sirven de vehículo lo son), y se trata de hackear, desarmar, transformar estos modos y medios, para dejar de ser usados por agentes externos a nuestra voluntad.

Mi abuela nació en un pueblito del Uruguay, y se vino para la Argentina siendo casi una niña. Allá quedaron sus nueve hermanas y familiares. Durante toda su vida conoció dos medios para comunicarse con ellas: el teléfono, y las cartas. El primero fue muy caro durante su época y pocas vecinas lo tenían, y las segundas, además de ser más lentas que ahora, requerían del sosiego necesario para su elaboración, pues se escribían a mano (¡¡¡a mano!!! ¡¡¡y no existían los correctores líquidos!!!). Así las cosas, la posibilidad de recibir o transmitir noticias se limitaba a acontecimientos importantes, tales como enfermedades, casamientos, nacimientos, fallecimientos y ese tipo de eventos, de un lado u otro del charco.

Nuestra vida hoy no podría ser más distinta: nuestras octogenarias cuentan con, por lo menos, un modesto celular y han logrado sortear las dificultades tecnológico-generacionales para comunicarse con sus hijas y nietas, ver un video de los primeros pasos de la bisnieta, a diez minutos de acontecidos. Whatsapp para todas. Sí, es genial. ¿Cómo hubiera sido la vida de mi abuela de haber tenido estas posibilidades?

Estamos conectadas todas con todas, todo el tiempo. Sabemos, o podemos saber rápidamente cómo están nuestras familiares y amistades más cercanos y más lejanos. Puedo estar en la cola del supermercado, o la del banco, intercambiando mensajes, fotos, videos, etc., con cinco personas al mismo tiempo si tengo ganas. El aparatito acapara toda mi atención. Paso de una persona a la otra con solo tocar la pantalla, veo, leo, escucho, contesto… Pero ¿cuál es la calidad de esa comunicación? ¿estar al tanto de los eventos de las vidas de las otras, es saber cómo están las otras, es estar con ellas? ¿No estaremos subsumiendo la ser de la otra a un mero puñadito de palabras y frases fragmentarias a las que dedicamos una no menos fragmentaria atención?

No se trata de atacar al medio, que a mi abuelita le hubiera hecho la vida un poquito menos angustiosa. Sino de detenernos a pensar cómo y para qué lo usamos. ¿Qué es lo que estoy buscando y qué estoy consiguiendo con la comunicación en esas circunstancias, de apremio y brevedad? ¿Qué es lo que se está perdiendo en esa condensación de mensajes? ¿Que queda de la otra en mi y qué queda de mi en la otra al cabo de esos mensajes?

Como estoy un tanto nostálgica, voy a seguir con las anécdotas familiares. Hace muchos años mi papá y una amigo me enseñaron que cuando interactúo con alguien, ese alguien es una persona (!!!!). El sermón vino a cuento de la brevedad irrespetuosa, aunque inocente, de mis comunicaciones por email con ellas. Casi omitiendo el “hola”, el “chau”, el “¿como estás?”… atendiendo sólo a aquello que necesitaba preguntar o transmitir, sin más preámbulos. Ahora tengo unos cuantos años más que entonces, y ellas ya no están. No pretendían que me atuviera a las formalidades (de forma) de los emails como si fueran las cartas de antaño, porque me enseñaron a maravillarme de la tecnología, a cuestionarme y cuestionarlo todo (normas, formalidades, mandatos, costumbres, etc.). Me alentaban a que no perdiera de vista que las otras… son personas.

Decir que alguien es una persona, deja de sonar a obviedad tan pronto se dedican cinco segundos a pensarlo. Que la otra sea persona implica, por lo menos, investirla de ciertas características o atributos, tales como: sensibilidad, expectativas, anhelos, deseo de reconocimiento y aceptación, de ser tratada con respeto y consideración, entre otras posibles, imaginables e inimaginables. Por entonces yo era muy joven y no se me había ocurrido pensar en estas cosas, y su señalamiento fue casi una revelación. El colofón del sermón fue que toda persona, por lo antedicho, merece mi atención (en serio) al menos por un rato, y además que es importante que ella lo note. ¿Cómo? Primero pre-disponiéndome a la acción (o sea, con una disposición especial), en este caso de escribir un email o enviar un mensaje. Pensar en, y a la otra, conocida o no, como una ser parecida a mi e inmersa en su circunstancia, respetándola. Segundo, que el mensaje transmita no sólo el motivo puntual, sino también ese reconocimiento de la otra como tal, a través de los saludos, de la puntuación y claridad del mensaje, para que la destinataria no tenga que perder más tiempo del necesario para entenderme. Mi mamá lo resumía muy fácil: hacelo con amor. Si la otra es una desconocida, se juega el tan mentado como incomprendido amor a la prójima, pero vale igual.

Todas podemos decir que alguien “nos clavó el visto”. Imaginemos (o recordemos) la situación cuando proviene de alguien que nos importa, o cuya respuesta necesitamos o deseamos. Por lo que he observado, en la mayoría de los casos, genera frustración cuando no enojo. La otra comienza a construir una pirámide de suposiciones para explicar el por qué, y rara vez es favorable para la otra parte. El ejemplo vale para mostrar lo mucho que podemos pensar y sentir en función de la interpretación de algo tan pequeñito como el cambio de color de dos tildecitas. Así también se elaboran suposiciones a partir del tiempo transcurrido entre la lectura de nuestro mensaje y su respuesta, de que la otra se muestre en línea y no nos responda, y ni hablar de la desprevenida que todavía muestra su hora de última conexión en Whatsapp.

No voy a ponerme fundamentalista. No se trata de proponerse la titánica tarea de que TODAS nuestras comunicaciones virtuales tengan un alto grado de elaboración y atención. Sino de tomar conciencia de la pauperización que opera sobre las relaciones humanas como consecuencia de los medios que nos tocaron, y cómo estos medios modelan nuestra subjetividad en favor de intereses que no son nuestros, de los que ni siquiera nos percatamos y a los que debemos combatir. De no perder (jamás) de vista que la otra es una persona, una ser humana, sensible, sufriente, deseante, como lo soy yo.

Lo ideal sería no mensajear, no whatsapear, sino ir a visitar a la amiga/madre/hermana/clienta, y conversar en vivo y en directo, con toda la riqueza comunicacional que facilita un encuentro cara a cara: verse a los ojos, percibir a la postura corporal, escuchar la voz y las inflexiones de la otra, y cantidad de cosas más que llegan como información a nuestro cerebro aunque no seamos conscientes de ella, y contribuyen al todo que es esa persona para nosotras. Si no se puede lograr el encuentro cara a cara, porque también es lo que hay, elegí comunicarte por audio, para escuchar y ser escuchada. Percibí el tono de su voz, detectá la tristeza, el enojo, la alegría, la ternura, la frustración. Conectate más allá de la conexión tecnológica. “Atención muchachas”, gritaban los pájaros de La isla de Aldous Huxley, atención a la otra, atención al aquí y ahora, y atención para dejar de funcionar como autómatas.

Sacale el tiempo a facebook, a youtube, a la tele, a netflix, y conectate con la ser humana a quien le mandás un mensaje o te lo manda a vos. Suponé menos y preguntá más. Buscá el momento adecuado para compartir una charla, incluso si es virtual, porque lo central de todo esto es el tiempo dedicado y la calidad del vínculo a cultivar. Si a tu vieja la tenés lejos y no podés visitarla como quisieras (o ella quisiera), llamala, hablá, escuchá, preguntá con verdadero interés. Y si no te queda más remedio que usar las letritas, usalas, pero intentá dedicarte a una persona por vez. La otra es una persona única e irrepetible, como vos, que un día se va a morir para siempre. Homenajeala en vida, prestándole atención.