Madre hay una sola (opiniones… varias)

La maternidad puede ser una experiencia muy profunda (recalco puede). Concretamente la gestación y la lactancia pueden crear vínculos potentes (vuelvo a recalcar pueden). Pero la fuerza, intensidad y solidez de los vínculos se construye con componentes muy variados y complejos. Por lo tanto, no se quiere menos a un* hij* adoptad* o a un* que, por diversas circunstancias, no ha mamado.

Me alegra enormemente enterarme de que un parto ha sido estupendo. Me agrada que una mujer afirme que la lactancia le resulta placentera, incluso muy placentera (siempre que no la confunda con su vida sexual, claro). Pero para tener orgasmos que se busque a una persona adulta que le chupe lo que ella desee y no a un bebé.

Sabemos que, a la inversa, también hay mujeres que no le profesan especial afecto al ser que han parido, ni sienten necesidad alguna de ocuparse de él. Seguramente son las menos, pero existen y no son monstruos. Su desinterés puede deberse a múltiples causas y factores en los que no vamos a entrar aquí.

En resumen: diversas situaciones, múltiples circunstancias personales y sociales intervienen y condicionan las experiencias ligadas a la gestación, al parto y a la crianza. Así, nada que ver una gestación grata y un parto fácil con otro que conlleve complicaciones más o menos desagradables o incluso dañinas para la salud. Ni es equiparable estar bien nutrida y vivir en condiciones confortables a no estarlo; ni que el embarazo sea deseado o producto de una violación, ni tener pareja que comparta o que, por el contrario, agreda, etc. etc. etc.

Además, somos seres únicos. Los sentimientos de una persona nunca coinciden con los de otra. Dos personas no se enamoran exactamente de la misma manera. Incluso es casi imposible que alguien sienta una emoción idéntica dos veces. Si, por ejemplo, se enamora en varias ocasiones, cada vez se enamora de forma distinta.

Así pues, no todos los embarazos, partos, lactancias, crianzas, etc. son iguales. Ni siquiera para la misma mujer. En consecuencia, nadie (haya parido o no) puede erigirse en portavoz de los sentimientos y experiencias de todas las demás. Lo digo porque algunas voces así lo pretenden y consideran, además, poco menos que degeneradas a quienes no sienten lo que ellas.

Desde luego yo no definiré nunca “lo que siente una mujer” cuando pare o amamanta. Pero tengo criterios educativos y tengo horizontes utópicos tan válidos y tan legítimos (o no), como una mujer que haya parido. Mantengo, pues, mi derecho a opinar sobre educación y crianza.

Sé que la OMS recomienda (no ordena, recomienda) amamantar hasta los dos años. Pero tampoco me tomo como sagrada la palabra de la OMS pues la OMS también está mediada por influencias espurias. ¿Recuerdan cuando la OMS armó la marimorena con la gripe aviar y todos los países compraron millones de vacunas que no sirvieron estrictamente para nada?

En cualquier caso, no desdeño los saberes científicos aunque, a veces, la línea entre ciencia y adoctrinamiento es tenue. Y sé que cuando se estudian hechos humanos complejos es muy difícil delimitarlos. En cualquier caso, me consta que las illuminati llaman “estudios científicos” a casi cualquier cosa que predique lo que ellas creen.

La existencia de niñ*s, adolescentes y adult*s que no mamaron y gozan de perfecto estado de salud demuestra que ni el desarrollo corporal ni el mental peligran por no haber mamado o por haberlo hecho menos de dos años (y no digo ya de siete…). Y, desde luego, también hay estudios científicos seriamente fundados que cuestionan, no las cualidades de la leche materna, por supuesto, pero sí su esencia “milagrosa” (leyendo a l*s illuminati parece que, el agua de Lourdes, comparada a la leche materna, es agua de borrajas).

Todo lo que acabo de decir no significa (repito una vez más) que yo me oponga a la lactancia o exija una edad imperativa para abandonarla.

Hay quien consideró horroroso que a mí me pareciera un horror que criaturas que ya no se alimentan con teta sigan “disponiendo” de ella como les viene en gana. Les horroriza atrozmente que yo usara la palabra horror pues la interpretan en su acepción más tremebunda. Se supone que ellas nunca habrán dicho algo como: “¡qué horror, me he manchado el vestido nuevo!”).

No condeno la lactancia. Niego, sin embargo, que amamantar más y durante más tiempo suponga ser mejor madre (y, según cómo se haga, pienso que al revés).

Con todo, digo: vale, si el problema es la palabra horror, la retiro y lo formulo así: desapruebo que se deje al* niñ* usar la teta como “cosa”. Porque la teta es parte del cuerpo de una persona. Un* niñ* anda correteando para acá y para allá, de pronto, va hacia su madre, le levanta la camiseta, le da dos chupadas y sale otra vez corriendo. Y -al menos en los casos que yo tengo in mente- antes de hacerlo, no le preguntó a la madre, no pactó con ella. Es más, ni siquiera la miró. Me parece que esa criatura no está siendo educada en el respeto al cuerpo de l*s demás.

Y ante este comentario dirán: “La teta no es sólo alimento, es más, mucho más”. Cierto, cierto. Como ya señalé en un artículo anterior, una criatura necesita el cariño, el contacto corporal, las palabras, la atención, más que la leche materna. Repito: más que la leche materna. Sin leche materna, l*s niñ*s viven (siempre que se les alimenten correctamente). Pero se mueren si nadie l*s abraza, l*s acuna y l*s toca. De modo que, en efecto, la ser humana y concretamente el/la niñ*, necesita el amor más que el comer. Ahora bien ese contacto, ese cariño, esa protección, varían con la maduración de la criatura. De hecho, l+s bebés ni siquiera tienen conciencia de su individualidad. Deben aprender que son “otr*” (la famosa fase del espejo). Deben aprender los límites del yo, deben aprender que su madre no les pertenece. Deben enriquecer sus lazos, sus percepciones, los pactos entre sus deseos y los deseos de l*s demás (deben aprender que l*s demás, y concretamente la madre, también tienen deseos), etc.

Una criatura de, por ejemplo, tres años, mientras juega, puede necesitar, cada equis tiempo, asegurarse que hay una figura protectora. Pero no creo que la mejor manera de establecer contacto e intercambiar con el/la human* protector* (digo intercambiar porque a medida que crece también debe aprender no sólo a pedir sino a intercambiar, a dialogar, como dice Amorós) sea chupar mecánicamente una teta, sin ni siquiera mirar la cara de su madre. Ni veo por qué un beso, una sonrisa, una caricia, un acurruque es menos interesante. Más bien lo contrario, por lo que acabo de decir sobre el intercambio y el diálogo.

Además, centrar esas necesidades afectivas y de contacto en la teta supone que sólo la madre puede satisfacerlas. Y no, mi horizonte utópico no es ese. Me opongo al reparto tradicional de roles. Yo creo que los padres deben implicarse muchísimo más en la crianza.

La teta sólo la tiene la madre, sólo ella puede amamantar, pero el padre (o la otra u otras personas que compartan la crianza), puede dar papilla, fruta, puré o lentejas, hacer compra, cocinar, cambiar pañales, coger en brazos, cantar, tocar, acariciar, acurrucar, mecer, jugar, vigilar, etc. etc. igual de bien o de mal que la madre. Ya sé que hay quien mitifica y mistifica el rol de la madre hasta el delirio, no es mi caso.

Y, aunque el tema de la maternidad da para muchísimo más, yo personalmente lo dejo aquí.

Vía Tribuna Feminista

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Analista de ficción audiovisual y crítica de cine. Licenciada en Ciencias Cinematográficas y Audiovisuales por la Universidad Denis Diderot de París. Lee el blog de cine de Pilar Aguilar: http://pilaraguilarcine.blogspot.com.es

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