“La maté porque era mía”

A veces, las redes sociales, además de enriquecer, nos hacen regalos. Y hoy me apetecía compartir uno de ellos en forma de pequeño experimento. La amo del laboratorio es Víctor Sánchez y, en cuanto ví su microscopio y sus potingues imaginarios, me puse la bata y, cargada con mis tubos de ensayo, quise tomar parte en el experimento. Y ahí está. Son las palabras de Víctor las que expresan el planteamiento. Yo, por mi parte, trataré de analizar los resultados

Se me ocurrió el otro día, hacer un pequeño “experimento” en las redes sociales y pedir ayuda en una publicación pública, solicitando frases, refranes o dichos populares que estuvieran en nuestro particular imaginario colectivo, y que aludieran de forma explícita a la violencia de género o a las relaciones personales basadas en la desigualdad entre mujeres y hombres (y la violencia ejercida de forma endémica por éstos), que la sociedad patriarcal ha permitido, apoyado y defendido.

La propuesta no solo me desbordó en número de respuestas, sino sobre todo, en un montón de frases que en más de una ocasión, te dejaban como mínimo descolocada por la “expresividad” tan virulenta a la que hacían referencia, que yo, en algunos casos, desconocía.

De todas y todos es conocido que hace 30 años nos reíamos a carcajada limpia con el sketch de Martes y Trece de “mi marido me pega”.

Tan bien integrada y normalizada teníamos la violencia de género en aquellos días, que no sólo no la reconocíamos tal y como lo hacemos hoy en día, sino que éramos capaces de incluso, reírnos de ella.

Pero vamos un poquito más allá.

No soy lingüista.

Desconozco el proceso que sigue una frase dicha miles de veces, para que se quede asentada como un dicho popular, largamente reconocido para las generaciones venideras.

Pero, para muestra, un botón.

Esto es sólo una pequeña muestra, de las frases que numerosas personas quisieron compartir con nosotras/os.

Hay muchas más que no hemos utilizado, porque repito, la respuesta ha sido masiva, pero creo que para hacernos una “gran” ligera idea de lo que estamos hablando, esta pequeña recopilación, es más que suficiente…

  “La maté porque era mía”

“Hasta que la muerte os separe”

“Quien bien te quiere te hará llorar”

“Hay amores que matan”

“Los que más se pelean son los que más se desean”

“Por amor hay que estar dispuesto a darlo todo”

“A la mujer y a la burra, cada día una zurra”

“A la mujer, casada y casta, con el marido le basta”

“A la mujer el hombre la ha de hacer”

“A la mujer en casa nada le pasa”

“La mujer honrada, la pierna quebrada y en casa”

“Señora en la calle, puta en la cama”

“Los trapos sucios, se lavan en casa”

 “Mujer que guisa, se casa aprisa”

“De la mujer, del tiempo y la mar, poco hay que fiar”

 “Los que se pelean se desean”

“Quien se parece a su padre, honra a su madre”

“Quiéreme hasta que duela”

“A la mujer, búscala delgada y limpia, que gorda y sucia ella se volverá”

“Mujer llorona, es puta o ladrona”

“Al caballo, con la rienda, a la mujer, con la espuela”

“Ni mujer que otro ha dejado, ni caballo emballestado”

 Lo dicho, una pequeña muestra que es fácilmente extensible a poco que nos pongamos a buscar en internet…

Cuando leía a Víctor, me parecía estar sentada en el juzgado, oyendo como investigadas, testigos y hasta las propias víctimas usaban estas expresiones como si tal cosa, sin ser conscientes de la enorme carga que conllevan. Muchas están reflejadas en el refranero, que no hace sino trasladar la cultura popular a pequeñas sentencias, y otras no se sabe de donde vienen, pero son moneda corriente, por más que parezcan de otros tiempos.

Las he oído prácticamente todas. Como también he oído, con más frecuencia de la quisiera, que el maltratador amenzaba a su víctima con una frase lapidaria, en el más literal sentido de la palabra: “de la cárcel se sale, pero del cementerio no”. Y, por supuesto, todas sus variantes de “tú de aquí no sales sino con los pies por delante”, “o mía o de la tumba” y similares. Las oímos tanto, que acabamos por trivializarlas, sin darnos cuenta de la enorme barbaridad que estamos leyendo. Y, lo que es peor, que en muchos casos se hace realidad. No hay más que echar un vistazo a los informativos para comprobarlo.

Pero quizás lo más escalofriante sucede cuando son las propias víctimas quienes las pronuncian, justificando a su verdugo. “Yo no tenía la casa preparada cuando llego”, “la comida estaba fría”, “él es bueno, es el alcohol el que es malo”, entre otras muchas. Aunque para mí la pero es una que he escuchado varias veces: “prefiero que me pegue mientras mis hijas coman”, asumiendo que el rol de cabeza de familia al más puro estilo machista le da derecho a tratar a la mujer y las hijas como si de una propiedad se tratara.

Y es que lo de “mi marido me pega lo normal” sigue existiendo, nos guste o no. Y seguirá existiendo mientras admitamos como normales cosas que no debieran serlo, como esos chistes machistas que corren de grupo de whatsapp en gupo de whatsapp y ante los que parece que quien no se ríe es porque es una amargado o amargada insufrible.

Así que, como conclusiones del experimento, después de guardar el microscopio y quitarnos la bata, hay que afirmar que nos queda mucho camino por recorrer, y el lenguaje es una de la vías por las que debe circular el tren de la igualdad

Por eso, retomo la voz de Víctor para invitarnos a que pensemos, un más que recomendable ejercicio.

 Como pequeña reflexión final, recupero brevemente una frase de Chimamanda Ngozi de su famoso libro “Todos deberíamos ser feministas”, para tratar de digerir tal cantidad de improperios aceptados por nuestra historia lingüística más reciente:

 “…La cultura no hace a la gente. La gente hace la cultura. Si es verdad que no forma parte de nuestra cultura el hecho de que las mujeres sean seres humanas de pleno derecho, entonces podemos y debemos cambiar nuestra cultura…”

 Creo que la cultura, a través sobre todo del lenguaje, es un fiel reflejo de las costumbres y comportamientos sociales que se desprenden en un momento histórico determinado.

Creo que a día de hoy, deberíamos ser capaces de pasar página, y de empezar a hacer reconocibles, otras formas diferentes de hablar(nos) que nos proporcione, dentro de unas pocas décadas, un imaginario colectivo más acorde y más respetuoso con las mujeres, a los nuevos tiempos que corren…

En nuestra mano, o mejor dicho, en nuestra boca, está.

Ojalá seamos capaces de aprovechar esta oportunidad.

 Vía Tribuna Feminista

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