¿A quién le importa el software libre?

Existe una innumerable cantidad de teóricas sobre la libertad y su relación con la sociedad y el orden. El tema es que con el tiempo, y esto del feudalismo, el capitalismo, el neoliberalismo y la melange en la que estamos ahora (en la que tememos la vuelta de los 70s, parece la vuelta de los 90s pero es en realidad la vuelta de los 30s), se les fue la mano con lo de que las personas cedemos algo de nuestra libertad para poder vivir en sociedad. En algunos casos, ésto de “ceder libertad” es casi literal.

La legislación actual, por tocar sólo una arista, impide que prestes un libro, o que lo fotocopies (viendo lo que pasa en las Universidades uno se pregunta si ésta ley está vigente), pero también entiende como una violación a los derechos de autora si alquilás una película y la ves con alguien más.

¿Alguna vez leíste las aclaraciones e indicaciones que aparecen en la parte de derechos de autora en un CD o en un DVD? Sabé, que para la ley, sos igual a alguien que roba, mata y viola, sos una “pirata”.

A quienes nos interesa el software libre nos interesa la soberanía cultural. No hablamos de “ideologías extranjerizantes” como gusta decir la derecha ultracatólica (y otras no católicas). Hablamos de soberanía cultural porque la tecnología trae aparejada el acostumbramiento y la repetición, y con éso la sumisión a ciertas cosas que están mediadas por la tecnología, particularmente por el software. Y hoy por hoy casi todo tiene software: heladeras, celulares, microondas, autos, la lista sería interminable.

Si a vos te educan en que hay sólo una forma de hacer las cosas, te va a costar mucho pensar y aceptar que hay más formas posibles y que no por eso están mal, son sólo otras formas. La resistencia al matrimonio igualitario y la lesbo-homo-trans-fobia son ejemplos de eso. El estado, la iglesia, la sociedad, nadie tiene por qué meterse en cómo, cuándo y a quién amás, o con qué cosas te dan placer, siempre y cuando no estés afectando los derechos de otra persona. Y si yo me enamoro de un hombre o una mujer, debe ser asunto mío. Pero resulta que en muchos casos esto no es así y la sociedad, la iglesia, el estado o alguna persona, se inmiscuye en tu relación para indicarte si podés o no hacer lo que estás haciendo según sus prejuicios.

Y aunque parezca un disparate el ejemplo, cosas así pasan con el software, que parece neutro, beneficioso, pero incluye en sí la ideología de quienes lo producimos. Así es que para poder garantizarse ventas exorbitantes en todo el globo, empresas como Micro$oft regalan o venden a precios ridículos, su software a espacios educativos. ¿Para qué? Para que lo usen y después, cuando no sepan que hay otras alternativas, y además no sólo no sepan, no quieran buscar, porque “requiere trabajo” la única alternativa real sean ellas.

Y ésto podría tratarse de una estrategia monopólica, pero no es así. Se trata de una técnica de embrutecimiento y atontamiento general, que tiene por objetivo dominar a las usuarias para que desarrollen una determinada conducta, en este caso, la de usar sólo un software y temer a lo desconocido.

Cuando hablamos de software libre, hablamos de soberanía cultural. Y esto porque no sólo se busca una usuaria sumisa, que utilice una PC sin pensar (porque si piensa puede descubrir que siempre hay más formas de hacer las cosas), sino de una usuaria que cree que el software es “bueno” y “beneficioso”, pero lo hace tácitamente (nadie simpatiza amorosamente con un programa en su PC, o al menos, es una parafilia no muy difundida).

Cuando las usuarias dejamos de ver qué hay detrás del software, las programadoras -y sus patronas- se inmiscuyen en todo lo que está mediado por software. El abanico es amplio: tu jubilación, tus impuestos, sistema de conteo de votos en elecciones, bombas, misiles, guerra en general -aparatos que matan mucha gente con poco gasto- y un sin número de otras cosas se controlan mediante software.

Alguna vez Diego Saravia, hacker que intervino en la migración de PDVSA a software libre y con quien haremos entrevista alguno de estos días, me contó que a través de controlar remotamente la empresa EEUU paró la producción de petróleo de Venezuela.

¿Qué significa éso? Que EEUU apagó la principal economía de un país a partir del software privativo instalado en PVDSA. ¿Te sigue pareciendo que si un software es libre o no, no es importante?

Así como no hay que comprar azúcar y papel Ledesma para no financiar a quienes son señaladas como represoras y cómplices de la dictadura, tampoco hay que comprar ni utilizar software privativo para no colaborar con la dependencia de un país. Tal vez creas que tu computadora no hace la diferencia. Pero resulta que en esto todo lo hacemos individualmente.

Por lo que sólo se puede hacer de a una. A nivel estatal es distinto, bah, similar: deberían decidir dejar de impulsar el software privativo gastando millones de pesos en embrutecer y sumir a la sociedad “en nombre de la disminución de la brecha tecnológica” y destinar ese dinero al desarrollo de software libre, que no sólo nos sirva individual y socialmente, también beneficie a países hermanos que tengan problemas presupuestarios más serios o de conocimiento y capacitación en el tema.

Por otro lado, puede no afectarte éste tema y, relativamente, tenés derecho. El problema es que si no te afecta y no hacés nada, colaborás con que otras a quienes sí les afecta directamente no puedan hacer nada. Y en ésto no buscamos la obligatoriedad sino la libertad. Pero sólo existe libertad cuando podés elegir y cuando ésa elección viene directamente de tu parte. Y elegir en contra de la libertad de las demás, tomando esto como si fuera una cuestión de “opciones”, es usar la libertad en contra de la libertad.

Si no te interesa saber cómo está hecho un software, no es problema, pero no debés colaborar con que las que están interesadas no puedan hacerlo. Esa decisión, la de poder hacer algo si queremos, es la libertad.

Ahora vamos a los hechos. Para que un software sea libre sólo debe cumplir 4 condiciones:

0 La libertad de usar el programa con cualquier propósito.

Ej: podér usar Google Maps para triangular direcciones en otros sistemas GPS. Si Google quiere, nos deja sin acceso.

1 La libertad de estudiar cómo funciona el programa y modificarlo, adaptándolo a tus necesidades.

Ej: si vos no necesitás el gestor de bases de datos de LibreOffice, tenés que poder desinstalarlo sin desinstalar todo.

2 La libertad de distribuir copias del programa, para ayudar a las demás.

Siguiendo con los ejemplos que hemos publicado hasta ahora, no habríamos podido pasarte el link de descarga de Libre Office para que lo bajes. Ésto hace posible que vos puedas comenzar a liberar tu computadora, y con consecuencia, todo lo que el software privativo ha contaminado en tu vida cotidiana, que como decía, es fundamentalmente la forma de pensar.

3 La libertad de mejorar el programa y hacer públicas esas mejoras a los demás, de modo que toda la comunidad se beneficie.

Tenemos en carpeta una nota al respecto pero no voy a comentar de qué se trata hasta que esté terminada. Pero en particular, si es posible hacer una mejora en el trabajo de otra, lo ético es que todas puedan beneficiarse. Internet está plagada de ejemplos al respecto, pero uno bastante interesante es Wikipedia. La enciclopedia libre que destronó a Encarta de Micro$oft pues parte de confiar en los usuarias, dar la posibilidad de corregir y compartir conocimientos con todas.

Las libertades 1 y 3 necesitan acceso al código fuente (que es la “receta” del programa, qué ingredientes tiene, cómo van, etc) porque no pueden desarrollarse sin acceso al código.

¡Happy Hacking!

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Periodista, ex directora de algunos medios, ex docente, ex trabajadora, ex uberante. Productora musical, militante social, murguera, programadora, diseñadora. Hacker. @PabloLozano13

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