Jimena Barón es cornuda (o la falsa popularidad y los medios mercenarios)

Todas las mañanas repaso los diarios mercenarios de Mendoza y cuando tengo tiempo incluyo algunos porteños (de esos mal llamados nacionales) y de algunas otras provincias. Esta mañana me encontré con que todos los diarios hablaban sobre el color de un vestido. ¡La estupidez total! ¿Qué utilidad, sentido o relevancia puede tener el color de un vestido? Para colmo, Cobos también opinaba al respecto, como no puede ser de otra forma: en tapa. Decididamente la del vestido es una estupidez.

El asunto es el mismo que en las personas se traduce como “popularidad”. Las empresas periodísticas ya no buscan informar, en realidad, hace ya muchísimo tiempo que no lo buscan. Probablemente hayan dejado de hacerlo en paralelo a la creación del concepto de “cuarto poder”. Si no estás al tanto, se trata de una idea bastante ingenua o bastante perversa, que sostiene que las empresas periodísticas “defienden” a las ciudadanas de un estado tirano. Pero resulta que el cuarto poder no defiende a las cuidadas, defiende los intereses de clase de las propietarias de su negocio, entre las que puede haber o no tiranas, y estados tiranos.

Una de las formas que tienen las empresas periodísticas de cobrar es callarse o decir. A “decir” le llaman de varias formas: publicidad, documercial, periodismo, noticias.Desconozco cómo le llamen a cuando callan, me imagino que “periodismo independiente” o “un medio para la familia”, pero es un pensamiento algo chicanero, debo reconocer.

El asunto es que la moneda de cambio que tienen estas empresas no es el capital que las apoya sino el público que las consume. De un tiempo a esta parte, en sociedades donde las empresas periodísticas (mal llamadas medios masivos) son cuestionadas por su parcialidad y por esconder sus intereses para embutírtelos en forma de noticia, muchas personas han empezado a descreer de estas empresas que venden publicidad y silencio. Esto, entre otros, tiene dos correlatos mayores: ponerse la camiseta de la empresa en cuestión producto de que sostiene con o sin fundamentos nuestra opinión, o refugiarse en otras formas de comunicación que nos resulten, por lo menos, más verosímiles.

La primer situación genera cúmulos de gente que lee Clarín o Página/12 -y/o sus filiales mediáticas- como si se tratara de manuales de la verdad. Quienes leen acríticamente una u otra empresa, producto de su condición de forras, muy a menudo suelen sumar una doble anestesia. A la del “todo está mal/bien” y “las malas son las otras” se suma una bastante macabra que es la de la ignorancia: “No tengo idea de esa noticia porque no leo X empresa periodística”.

En la segunda situación -la de otras formas de comunicación- encontramos también bifurcaciones. Destaco dos pues me sirven de argumento: por un lado aquellas personas que recurren a medios autogestivos y por otro aquellas que recurren a informarse por otras vías (entre ellas las redes anti sociales). Este es un escenario fantástico para medios autogestivos pues estamos en nuestro punto de mayor credibilidad al menos en la historia que me toca (que arrancó allá por 1993 con una revista llamada “Noticenter”).

Aquellas que han criticado nuestra “parcialidad” hoy la eligen pues la saben sincera. Nadie puede dudar de qué se esconde detrás de nuestros contenidos. Nadie podría decir que un medio autogestivo esconde su verdadera opinión en un título, porque un medio autogestivo editorializa de la forma más explícita posible en qué vereda está parado y obra en consecuencia. Un medio autogestivo busca intervenir en la realidad y modificar la realidad de todas las personas, no la suya propia y en su exclusivo beneficio. Y lo hace abierta y explícitamente.

Por desgracia medios como el nuestro, que son muchos y te invito a conocer en la página de la AReCIA la asociación que nuclea a muchas de nosotras, no cuentan individualmente todavía con la masividad que Clarín o Página/12. Ojo, juntas tenemos más lecturas diarias que muchas empresas del mainstream de las noticias, más de 5 millones de personas nos eligen todos los meses. Pero aun podemos crecer mucho más. Las empresas periodísticas son el pasado de los medios y nosotras somos el presente. No tengo idea de cuál sea el futuro, pero a la luz de los últimos 12 años será por lo menos interesante, sólo requiere de “uno, dos… muchos” medios autogestivos.

En la segunda bifurcación nos encontramos con gente que, por decisión, desconocimiento o descrédito hacia los medios autogestivos, no nos elige. Creo que la razón por la que no nos eligen es un problema nuestro, si hablamos de informarnos o entretenernos nadie tiene obligación de elegir a ningún medio por ningún motivo foráneo a sus deseos. Enfatizo que me parece que nadie tiene por qué leernos. Sí me interesa que, como lectora, sepas que cuando comprás uno de esos medios o cuando lo leés -consciente o inconscientemente- le das un argumento más para que siga extorsionando con callar o decir. Se me ocurre que hacerlo a propósito es crucial, pues es un ejercicio de libertad, no busco que opinemos lo mismo, busco que opinemos. Porque al menos en la web hoy esas empresas son igual de miserables e intervencionistas que Google, que es decididamente más penetrante que la NSA y otros organismos. Si no me creés, buscá un poquito y vas a ver que los últimos ataques a la privacidad de las usuarias de esas empresas han venido de organismos estatales de inteligencia. ¿Por qué? Porque allí pueden obtener exactamente lo que buscan pues es lo mismo que utilizan las empresas que traquean a las personas.

El asunto es que el fundamento para el callar o decir de las empresas periodísticas es el dinero y la forma de obtener dinero es vendiendo tu identidad. Estas empresas se arrogan la capacidad de definir qué pensamos. Y existen gobiernos y hasta académicos que desde el más nefasto desprecio hacia el pueblo les dan la razón y creen que estas mercenarias de la información si no pueden definir qué pensamos, al menos pueden definir sobre qué pensamos. Pero para poder arrogarse esa posibilidad necesitan decir “nos leen X cantidad de personas” y en escenarios como el actual, donde nadie les cree y sus lectoras simplemente están con ellas porque -tengan o no argumento- les gusta más lo que opinan (una suerte de “elija su propia anestesia”), necesitan generar contenido SEO para tener millones de víctimas en sus estadísticas y con esto continuar su camino de extorsión y lavado de dinero.

En todo esto pasa que las redes antisociales son también un negocio de las mismas características, que tienen como compradoras a todas las empresas y emprendimientos, incluso a medios como el nuestro que pretenden cambiar las cosas. Y todo es mucho más complejo todavía, aunque desde el hacktivismo estamos intentando crear espacios, no logramos todavía un crecimiento importante. Si el negocio de una empresa son las personas que las leen, este negocio no puede supeditarse a la “moral” de la empresaria, y ahí está uno de los grandes desafíos de medios como el nuestro pues aunque nosotras demos un tratamiento ético a los datos de las personas, no podemos basar nuestro esquema económico en la piedra basal de las empresas periodísticas. Sería algo así como crear un narcotráfico “ético” donde matamos sólo a “las malas” (en el que nadie puede discutir quiénes son las malas, sólo las matamos).

Y hoy toca ver cómo estas empresas, buscando millones de lecturas diarias, quieren imponernos que “lo importante” es el color de un vestido, la moral de Daniel Osvaldo, los cuernos de Jimena Barón y/o la opinión de Cobos sobre el color del vestido. Algo nefasto: la intimidad de una pareja tratada como noticia. Lo de Cobos es esperable, pero creo que no tengo calificativo para tanta mediocridad.

El medio hablándote del vestido, ocupa el rol de “popular” que le permite cosificarte y venderte a vos que en la red social buscás ser popular también. La capacidad de extorsión de estos pseudo-medios que son las redes antisociales se basa en su cantidad de usuarias y en la penetración que logren. Twitter, por ejemplo, en Argentina penetró en la clase alta y desde ahí en la TV, el más nefasto de los medios. Han impuesto la idea de que más contactos, seguidoras, megustas, favs, RTs y afines es mayor aceptación social. Se trata de un ideario falso pues esta aceptación no es social sino digital. Sería peligrosísimo que fuera social. Si a los pseudo íconos venidos de estas redes como Kalipolis o Meli Pardo -digo por nombrar dos, tb están Justin Bieber, Kardashian y un largo etcétera- les dieran en persona el trato que les dan a nivel digital, con seguridad habrían cerrado sus cuentas hace rato.

No hay conclusiones para estas palabras, sólo la invitación a ver un vídeo de menos de 3 minutos llamado “Aspirational” y protagonizado por Kirsten Dunst -lo que a los contenidos del corto y de esta nota resulta una contradicción- donde de una forma bastante explícita se muestra el vacío de la popularidad.

Dale una probadita a cambiar las cosas y play al vídeo.

¡Happy Hacking!

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Periodista, ex directora de algunos medios, ex docente, ex trabajadora, ex uberante. Productora musical, militante social, murguera, programadora, diseñadora. Hacker. @PabloLozano13

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